¿Y si hubiera nacido en Guadix?



¿Y si el niño hubiera nacido en Guadix? 
¡Tantas cosas habrían pasado! Y sin lugar a dudas vamos a contar, porque lo que aquí se narra no es más que otro regalo de la navidad, hecho de ilusión y esperanza, y poniendo a nuestra ciudad y sus habitantes como los pobladores de un Belén imaginado, que tan cerca y tan hermanos somos todos, y que con tanta alegría y devoción hubiésemos recibido la venida al mundo de tan divino infante. Así que pongan atención y sepan que en Guadix todo es posible. 


Érase una vez, un hecho insólito en una ciudad llamada Guadix, o como diría Don Pedro Antonio de Alarcón: "vetusta ciudad, cabeza de obispado, donde ocurrieron los famosos lances de El Sombrero de Tres Picos". La mañana amaneció apacible. El frío invernal colmaba de carámbanos los viejos tejados de las casas más señoriales. El mercado había empezado temprano, en su lugar de siempre, en la alameda junto al río. Un riachuelillo justificaba aquel puente y aquel desierto y ancho camino donde se esparcían a su paso algunas retamas. La helada lo había convertido en roca, mas en su interior seguía corriendo el agüilla venida de acequias y de los deshielos errantes de la sierra. Todos los habitantes de Guadix aprovechaban el día de mercado para asomarse a hacer alguna compra, hacerse de avíos para matanzas tardías o comprar alguna cabra. En Guadix todo parecía día normal aunque la nochebuena estaba al caer. 
 

Esta historia la habrían podido componer con más nobleza y distinción nuestros dos paisanos decimonónicos, D. Pedro Antonio de Alarcón y D. Torcuato Tárrago y Mateos. Ambos escribieron sobre la navidad en Guadix. Pedro Antonio en su "Nochuebuena del poeta" retrata fielmente sus recuerdos familiares en la ya casa de la calle Duende, mientras que Torcuato Tárrago refleja al "Niño de la Bola" con vívida sinestesia. Muestra de nuestro insigne novelista es: 

Eran ya las Animas, como se dice en mi pueblo. ¡En mi pueblo: a noventa leguas de Madrid: a mil leguas del mundo: en un pliegue de Sierra-Nevada! ¡Aún me parece veros, padres y hermanos! — Un enorme tronco de encina chisporroteaba en medio del hogar: la negra y ancha campana de la chimenea nos cobijaba: en los rincones estaban mis dos abuelas, que aquella noche se quedaban en nuestra casa a presidir la ceremonia de familia; en seguida se hallaban mis padres, luego nosotros, y entre nosotros, los criados...

Porque en aquella fiesta todos representábamos la Casa, y a todos debía calentarnos un mismo fuego. Recuerdo, sí, que los criados estaban de pié y las criadas acurrucadas o de rodillas. Su respetuosa humildad les vedaba ocupar asiento. Los gatos dormían en el centro del círculo, con la rabadilla vuelta a la lumbre. Algunos copos de nieve caían por el cañón de la chimenea, ¡por aquel camino de los duendes! ¡Y el viento silbaba a lo lejos, hablándonos de los ausentes, de los pobres, de los caminantes! Mi padre y mi hermana mayor tocaban el arpa, y yo los acompañaba, a pesar suyo, con una gran zambomba que había fabricado aquella tarde con un cántaro roto. ¿Conocéis la canción de los Aguinaldos, la que se canta en los pueblos que caen al Oriente del Mulhacem? Pues a esa música se redujo nuestro concierto. Las criadas se encargaron de la parte vocal, y cantaron coplas como la siguiente:

Esta noche es Noche-buena,

y mañana Navidad;

saca la bota, María,

que me voy a emborrachar.


En la plaza de los Corregidores, hoy de las Palomas, antes y después de la Constitución -por formalidad-, los niños jugaban y se entretenían con los hielos que hacían intransitable la resbaladiza calzada para los mayores. Una vieja asando castañas y boniatos sumergía en una nube de aroma el centro de Guadix. Aprovechaban los días de descanso y de celebración para abrigarse y pasar el tiempo viendo las luces, disfrutando de los amigos y estando muy atentos para cuando sus madres los llamasen y volver a casa a cenar, aquellos manjares servidos y reservados en las mesas de nochebuena. La señá Frasquita y el casino del Liceo no daban abasto. En la destartalada cárcel dieron permisos para volver a casa y reunirse con la familia.   


En la casa de las Campanas se había hecho tarde la decoración. Tanto trabajo hacía inviable parar un segundo para acordarse de que era Navidad. Pero los más pequeños eran grandes discípulos y obedientes. Sacaron de algunas cajas adornos antiguos y buscaron en la calle el musgo para el Nacimiento, la paja para el pesebre y frutillas para regalar al niño Jesús. Las casitas eran de corcho, la estrella de alambre, algunas figuritas de barro estaban mancas, otras cojas, pero no importaba, puesto que el Belén de aquella casa relucía como el sol. 


Aquella tarde de la nochebuena ocurrió algo extraordinario. Dos forasteros, perdidos de su camino, entraron en Guadix con la urgencia de encontrar un refugio donde pasar la noche, pues la mujer estaba en cinta. El hombre, con mucho cuidado, dirigía la mula por los caminos pedregosos en aquel barrio misterioso donde la luz brotaba de la propia tierra. 



Continuaron su camino sin mucho éxito. Bajaron la carrera de las cruces y se adentraron en San Miguel. Los vecinos estaban muy ocupados y no se dieron cuenta de lo que estaba pasando. Encontraron posada muy cerca de la iglesia, pero estaba cerrada. Una vecina les aconsejó que fuesen a la posada de los Naranjos, la única de la ciudad que seguramente estarían abiertos. Y así hicieron. Doblaron el torreón del Ferro y por la vega, al margen de la Alameda, cuyos vendedores ya habían desmontado los puestecillos y estaban preparados para volver a casa a cenar con sus familias, se adentraron por el arco de San Torcuato. En los Naranjos, tampoco pudieron alojarse pues estaba lleno de huéspedes, aunque allí recomendaron la Pensión del Comercio, hacia donde se dirigieron con gran pesar, pues la mujer iba a dar a luz de forma inmediata.


El Rey Herodes desde la Alcazaba observaba la estrella de Belén más cercana. Aquel lucero iluminaba como la luna, hacía de día la noche. Preocupado, mandó a sus soldados a vigilar la ciudad. Una profecía advertía de que un nuevo Rey nacería y hacía peligrar su corona. El viejo Herodes no consentiría a ningún adversario. Tres reyes de Oriente ya habían pasado por el castillo, y aunque tenían prisa por ir a buscar al nuevo Rey, el mandatario ordenó seguirlos discretamente y dar con el anunciado enemigo. 


Por otra parte, los pastores de los llanos de la Calahorra, refugiados del frío y del viento de la noche, se guarecieron en el castillo con sus ovejas. Mientras charlaban, un ángel se apareció ante ellos y avisó que el niño Dios había nacido: ¡Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad!. Los pastores, sorprendidos, reaccionaron de inmediato y el frío se deshizo. Anduvieron los caminos hasta Guadix siguiendo al ángel anunciador. 


Mientras tanto, los Reyes Magos, a camello, atravesaban Guadix siguiendo la estrella. Los puestos que todavía quedaban abiertos de la calle Ancha quedaron muy sorprendidos de ver tales majestades y pajes reales a lomos de camellos. El Rey Herodes, que los había convidado en la Alcazaba, los vigilaba atentamente con espías. Ellos, conocedores de este detalle, dieron paso hacia las afueras de la ciudad para equivocar a la guardia y que esa noche reinase la paz. Algo grande estaba ocurriendo en Guadix pero nadie sabía a ciencia cierta qué. La nochebuena venía. 


Música y sones procedían de la plaza de Santiago. Los vecinos se acercaron a ver qué ocurría. Atónitos se sumaron a aquella corte celestial que rendía devoción ante el Niño recién nacido. La escolanía daba la bienvenida a este mundo al niño Dios, mientras que los seises, vestidos de oro y luz, bailaban a sus pies festejando este acontecimiento. Los ángeles del cielo se sumaron a los coros y cánticos terrenales.


Después de aquella celebrada e infatigable noche, la noticia había corrido por todos los rincones de la ciudad, a excepción de las almenas de la Alcazaba. Con la fuga de los reyes magos de oriente, los accitanos tuvieron que ponerse manos a la obra para reemplazar los obsequios con las que tan ilustres majestades iban a arropar al recién nacido. Conociendo lo ocurrido en la nochebuena en la plaza de Santiago, el Padre Poveda, en las cuevas, organizó a todas las familias. Los niños cuyos padres eran alfareros habían preparado algunos juguetillos para entretener al niño Jesús. También llevaron algunas orzas que habían preparado de la matanza. Todo lo que tenían les parecía poco y querían ofrecerlo a la Sagrada Familia. En una jarrita accitana incluyeron mirra, romero y tomillo, que pusieron a los pies de la cuna.  



Un barrio muy especial fue el de Santa Ana, cuyos niños celebraban con zambombas y silbatos de barro con forma de toro el nacimiento de Jesús. Allí frente a la Casa Carrasco, esperando el aguinaldo, los muchachos se reunían para ir cantando villancicos en aquella mañana de navidad como Los peces en el río, la marimorena, el tamborilero, y uno que se canta en la ciudad: 

Ha nacido en un pesebre un niñito como el sol,
son sus ojos más bonitos que la luz del arrebol. 
Yo le traigo una zambomba y turrón de mazapán,
lo más bueno que se ha visto en todita la ciudad


La virgen llevó a su madre al nieto para que lo abrazase y meciese. Santa Ana, tan contenta, cantaba nanas y tapaba al pequeño, mientras algunos ángeles la ayudaban. Las campanas de la iglesia tañían con finísimo acorde y hasta alguna golondrina rezagada piaba a unísono con los querubines del cielo. Todos los vecinos asomados del arco de la Imagen y la plaza Pachecos se acercaron para ver tan divina estampa. Incluso los niños que coreaban en la puerta de los Carrasco, bajaron a acompañar. Guadix se preparaba para agasajar al más glorioso de los accitanos.  


Los Moctezuma mandaron a su corte indígena y a sus vecinos agustinos a celebrar una chocolatada en la puerta de la iglesia de Santiago para conmemorar este gran nacimiento y así apaciguar el frío de aquella mañana de Navidad. Todos reunidos cantaron villancicos y querían ver al niño Dios, persignándose ante él y orándole. El chocolate fue muy reconfortante, haciéndose popular en toda la ciudad por estas fechas. Tradición que se extendió por toda Europa. 




D. Pedro de Mendoza trajo lo mejor que encontró de las Indias y del Río de la Plata. Puso ante el niño Jesús todos los regalos: oro, frutas exóticas y una pequeña medalla de plata de Santa María del Buen Aire, patrona y protectora de su viaje. 


D. Lope de Figueroa agasajó al niño con presentes. Acompañado por un grupo de viejos Tercios, trajo consigo ante el Santo Pesebre los tesoros de sus combates, incienso turco y un pendón de la milagrosa virgen del Santo Rosario, emperatriz defensora en la batalla de Lepanto. 



Las monjitas clarisas, que por clausura no podían salir, tampoco quisieron perderse lo que estaba ocurriendo en las inmediaciones del convento, por lo que pidieron a la Santísima virgen que entrase a verlas. Doña Mariana de la Cueva, monja singular por sus dotes artísticos, retrató al niño mientras su madre lo tenía en brazos. Siendo aquel momento único e irrepetible para toda la comunidad de religiosas que allí vivían. 


Quien no podía faltar a la cita fue el Cascamorras. Todavía celebrando por las cuevas su nombramiento en el Niño de la Bola, no quiso perderse este acto, y yendo a casa de un alfarero, compró un botijillo que llevó ante el improvisado altar en la conocida Zeta. Pero no encontró a nadie, pues cuando el obispo Medina Olmos se enteró de lo ocurrido, pidió permiso para poder trasladar aquel humilde establo a la puerta de la catedral, donde todos los accitanos, accitanas, guadixeños y guadixeñas fueron con ilusión y esperanza a ver al niño recién nacido. 


ADEPA GUADIX OS DESEA UNA
¡FELIZ Y SANTA NAVIDAD!
POR UN AÑO 2026 LLENO DE PROSPERIDAD PATRIMONIAL


Fran Ibáñez Gea
23 de diciembre de 2025
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